sábado, 1 de febrero de 2014

Los clavos en la puerta

Había una vez un niño que tenía muy mal genio, en cualquier momento gritaba, se malhumoraba y contestaba mal a cualquiera. Un día, su padre le regaló una caja de clavos y le dijo que cada vez que perdiera el control y se portase mal con alguien tenía que clavar un clavo en la parte trasera de la puerta de su cuarto.



El primer día el niño había clavado 37 clavos en la puerta de su cuarto. Cada noche al acostarse, miraba los clavos en la parte trasera de la puerta de su cuarto y se arrepentía de cómo se había portado. Durante las siguientes semanas, como había aprendido a controlar su rabia, la cantidad de clavos comenzó a  disminuir diariamente. Descubrió que era más fácil controlar su temperamento que clavar los clavos en la puerta de su cuarto. Finalmente llegó el día en que el niño no perdió los estribos. Le contó a su padre todo esto y su padre le sugirió que por cada día que se pudiera controlar sacara un clavo de puerta de su cuarto.


Los días transcurrieron y el niño finalmente le pudo contar a su padre  que había sacado todos los clavos, el padre tomó a su hijo de la mano y lo llevó hasta la puerta de su cuarto. Le dijo:

“Has hecho bien, hijo mío, pero mira los agujeros que has dejado en la puerta de tu cuarto. La puerta nunca volverá a ser la misma. Cuando dices cosas con rabia, dejan una cicatriz igual que ésta. Le puedes clavar un cuchillo a un hombre y luego sacárselo. Pero no importa cuántas veces le pidas perdón, la herida siempre seguirá ahí. A veces, hijo, le hacemos daño a los mas cercanos, a los que mas queremos, debemos controlarnos y evitarlo.”

Una herida verbal es tan dañina como una física. Recuerda que los amigos son joyas muy escasas. Te hacen reír y alentarte para que progreses; te prestan un oído, comparten palabras de aprecio y siempre quieren abrirnos su corazón.

PERDÓNAME, POR FAVOR, SI ALGUNA VEZ HE DEJADO UN “AGUJERO” EN TU PUERTA.

Diego Gallardo

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