martes, 9 de septiembre de 2014

Ayer se fue un hombre bueno, ayer se fue mi suegro.

Filósofo de gorra calada, de voz fuerte y vigorosa, de sentencias y anécdotas con las que adornar su retórico discurso. Eterno inconformista que rápidos reflejos dialécticos con los que abrumaba a su interlocutor, que ante él se rendía a su apasionada conversación.

Incansable jugador de naipes, al que en esta ocasión la vida le ofreció un puñado de malas cartas. Al ser experto en la lucha del sietemesino que se aferra a la vida entre algodones y bolsas de agua caliente, agarra esos naipes y en una jugada magistral toma las riendas y crea una nueva partida en el que él mismo domina el tempo del juego y dispone del momento, el desarrollo y el final de la partida. La vida le ofrece unas malas cartas que él mismo decide cómo y cuando jugarlas. Marchó, y con tino magistral decidió el Cómo, el Cuando y con Quien.


A tientas, decidió hacer de su capa un sayo bajo el que cobijar a su esposa e hijos a su alrededor, parando el tiempo, y elevando a eterno su último hálito de vida, prolongando un dulce suspiro con el que acompasar su último paseo hacia el lugar de donde salió y al que con su frágil fortaleza decidió volver.

La vida empieza y acaba allí, luchó por sobrevivir al nacimiento prematuro y luchó por la vida hasta el último momento. Y cómo final meditado y premeditado, organizó bajo la luz de su Luna Llena un sinfín de variables para que coincidiesen en un punto y hora. Y volvió allí, a la tierra que le acunó en sus primeros años y que le cubre ahora, para dibujar el círculo perfecto de la vida.


Ayer se fue un hombre bueno, ayer se fue mi suegro.


Diego Gallardo

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